
Sergio en el maraton
Con algo de retraso (6 meses, 6) Sergio nos envía su crónica del Ironman de Lanzarote (es larga pero merece la pena):
Si me pidieran que describieran el Ironman de Lanzarote en pocas palabras diría que es saborear el triatlón a fuego lento en un marco en el que la belleza y la dureza van a la par. Pero como se me conoce por mi gusto por hablar, si me lo permiten, voy a explicar algo más mi experiencia personal, comenzando en la semana de la competición.
El lunes dejamos las bicicletas en Zona-Boxes para que se encargaran de su traslado. El martes fue un día de nerviosismo y un probable proceso viral que me hizo vomitar el almuerzo e ir a menudo al baño. El miércoles viajamos por la mañana y por la tarde a recoger los dorsales, información y material de transición en el Club La Santa al otro lado de la isla.
Como es de rigor el jueves fuimos a rodar unos pocos kilómetros de bicicleta por el inicio del circuito, hasta el cruce Yaiza-Macher, para volver a Puerto del Carmen. Poco más de una hora para recordar a las piernas que las cuestas existen. Por la tarde nos acercamos a la playa donde se haya la salida a la prueba. Algunas boyas estaban colocadas y nadamos una media hora. Poca corriente, a favor hacia el sur y algunos bancos de peces en un fondo arenoso bastante uniforme y poco profundo. Al salir de la playa fuimos directamente al Club La Santa para asistir a la reunión técnica “obligatoria”, visitar la exposición de material técnico y comer en la “fiesta de la pasta”.
El viernes podía comer algo más que puré de papas y arroz, pero como había que añadir algo más a esta crónica incorporé una lumbalgia moderada al menú de incidencias. Además mi familia también disfrutaba de los efectos del virus del Ironman 2009. Ahora me hace sonreir recordarlo, pero en ese momento la sensación era menos agradable. Por la tarde, llevamos las bicicletas para la revisión y las bolsas de transición con el material preparado. Los boxes se iban llenando con todo tipo de bicicletas, algunas muy espectaculares y otras rebozando sencillez, sin siquiera un acople para rezarle al fuerte viento. Por la noche, intenté acostarme temprano, sobre las 21 horas, pero repasando el material para la prueba me dieron casi las 23 horas.
Y llegó el sábado 23 de mayo de 2009, la fecha que había marcado toda mi agenda desde hacía muchos meses. A las 4:30 horas sonó el móvil con la alarma de “Aupa campeón” que me había preparado unos días antes. Ponerme lentillas, comer una ración de pasta, recoger la comida y el material y caminar a la zona de boxes, donde en un murmullo aún a oscuras dedicamos el tiempo a colocar la alimentación y bebidas y preparar la bicicleta hinchando las ruedas al máximo tolerable para evitar los inoportunos pinchazos. Y para añadir unas líneas más a esta crónica la cámara trasera no dejaba entrar el aire con mi bomba hasta que la organización me ayudó con otra bomba que dejó la rueda como yo quería.
Entrar en la playa con otras 1300 personas enfundadas en sus neoprenos, gafas y gorro es emocionante. Calentar y nadar unos metros para remojar, unos aplausos de motivación animados desde la megafonía. Ahora tenía menos nervios que los días previos. También sabía que desaparecerían cuando se diese la salida.
¡Suena la bocina de salida!. Los/as pros y entusiastas de la natación corren a abrazar el agua y el sol que todavía andaba desperezándose. Mi salida fue muy tranquila, había que evitar aglomeración y golpes, aunque los primeros 500 metros estás absolutamente rodeado de brazos y piernas, que andaban, de forma muy precisa, esquivándose los unos a los otros con sumo cuidado. Con un nado tranquilo disfruté de los bancos de peces plateados brillando a la luz del sol entre las pocas rocas que podían verse. ¡Recuerda levantar la cabeza cada pocas brazadas!.
Cuando terminas el segmento de natación recorres algo de arena y luego una alfombra roja que te lleva a las duchas, donde me quité el neopreno y a la zona de transición, donde la desnudez humana es algo natural. Me vestí de ciclista, sin prisas, con el maillot del Club Triguanac, préstamo de Roberto que me trajeron Jose y Manolo desde Teror. ¡Gracias compañeros!.
Ahora comenzaba el segmento más largo y que tomé con paciencia, concentración e intentando disfrutar de las vistas de la isla desde la bicicleta, cosa que realmente logré. Recomiendo fervientemente a todos/as pedalear por Lanzarote. Calor moderado, algo de frío en la altura del Mirador de Haría y viento, mucho viento, casi siempre de frente y pocas veces empujando. Maravillosas son las vistas de Isla de Lobos, Fuerteventura, Yaiza, El Golfo, Montaña del Fuego, Timanfaya, Tinajo, La Santa, Caleta de Famara, Archipiélago Chinijo, Teguise, Mirador de Haría, Haría, Ye, Mirador del Río, La Graciosa, Arrieta, Tahiche, Monumento al campesino, El Grifo y Puerto del Carmen que parecía no llegar nunca.
Comí y bebí como nunca, incluyendo un pequeño y relajado picnic en el Mirador de Haría a unos 100 km de la salida. Pero el Ironman de Lanzarote tiene la fama ganada a pulso. No creo que el marketing de dureza que tiene, mienta en absoluto. Confieso que en algún tramo (no diré cual porque es mejor descubrirlo por uno mismo), pensé que aquello era inhumano. Tienes que estar adaptado a la distancia y tener acumulados muchos kilómetros de bicicleta. En los últimos 20 km. de ciclismo pensé que no tendría piernas para correr la maratón. Pero me equivoqué, las piernas no me fallaron. Llegué escoltado hasta la zona de transición por un Guardia Civil que me dijo que el próximo año se prepararía el Ironman. Le dije que hiciera todos los kilómetros que pudiera. Miré el cronómetro y aluciné: ¡8 horas y media de bicicleta!. Transición tranquila cambio de ropa, zapatillas y cinto de hidratación/alimentación.
Al salir a correr empiezas a encontrar gente que te conoce y anima. “¡Relájate!”. “¡Controla el ritmo!”. “¡Esto ya está hecho!”. Y así tenía pensado y me sentí bien de piernas hasta que en el cerca del giro en el kilómetro 5,5 empecé a tener fuertes cólicos intestinales. Aguanté lo que pude, pues había visto baños portátiles, pero estaban a unos ¡3 o 4 kilómetros de allí!. Vi la playa y el final de la avenida y pensé que tendría que desahogar mis intestinos allí o en algún bar cercano, aunque no lo quisiera así. Pero cuando giré de vuelta, se hizo la luz al ver una hilera de baños portátiles. Seguramente lo que me pasó a mi le haya pasado a otros/as en el pasado.
Tras la visita al baño, creí que todo iría mejor, seguí con mi trote suave, pero el problema estaba también en el estómago que bullía de líquidos. Las naúseas y las arcadas hicieron que no pudiera tragar ni un gel. Entonces, sobre el kilómetro 6 de carrera, mi vi obligado a caminar. Si seguía corriendo vomitaría todo. Confieso que me hundí psicológicamente pues aún quedaban muchos kilómetros y sería muy largo acabar. En ninguna carrera anterior había tenido estos problemas.
Pero aquí empecé a aprender y disfrutar de otra faceta de las pruebas de larga distancia: la gente. Maravillosas personas que me levantaron el ánimo cuando peor estaba, dando consejos sencillos y útiles. Algunos, como yo, tuvieron problemas, también andaban y con ellos entablé conversación que sigo manteniendo por correo electrónico en alguno de los casos. Otros estaban como jueces y acompañantes. Tienen nombre propio como Manolo, Jose, Javier, Richard (y su pareja), Luis y algunas personas más a las que ruego disculpen mi flaca memoria, pero que las tengo presente siempre. Jose, me invitaba a vomitar para aliviarme pero temía deshidratarme y aguanté a base de trote, caminata, trocitos de plátano y sorbos de agua hasta el kilómetro 21.
Entonces se hizo la paz en mi sistema digestivo y recomencé mi carrera con un buen ritmo e hice la tercera vuelta corriendo. ¡Bien!. La cuarta vuelta noté el cansancio y la carrera se volvió un poco más lenta pero al menos corría entre los habituallamientos.
Y, por fin, pasadas las 22:30 horas, enfilé la recta de meta. Todavía había gente en las avenidas y más para animar en las gradas de la llegada. No sé como se las arreglan pero hay niños y mayores animándote y gritándote al llegar a esa hora. Es fantástico, te llena interiormente y te sientes reconocido, aún más cuando llegas a la meta y, como es de rigor, el Sr. Keneth está esperándote. Medalla al cuello y le comento (no sé porque me dio la bovería de hablarle en inglés) lo bien organizada que estaba la prueba y que me parecía dura. A lo que él sosegadamente me contestó: “It’s Ironman, not Plasticman”.